Hace poco vi en Sarria a Rober Bodegas, monologuista cómico clásico y bueno, entré en su página y también tiene cosas muy buenas, este me llamó la atención:
Los españoles somos muy de odiar. Odiamos a los que están de vacaciones, a los que están más delgados, odiamos al vecino porque está forrado, a nuestro jefe porque tiene una mujer increíble y a ella por salir con el imbécil de nuestro jefe. Odiamos, odiamos y odiamos. Esto hace que gran parte de las decisiones de nuestra vida, se basen en el odio: Te haces amigo de gente más gorda que tú para sentirte mejor, dejas el trabajo para no soportar al jefe, evitas al vecino o vas al mismo súper que la mujer de tu exjefe. Por tanto, si el odio es tan importante en nuestro día a día, ¿cómo es que no se puede medir o cuantificar, al igual que otras cosas igual de fundamentales como el dinero, la tensión cardiovascular o las veces que tenemos sexo?
Por suerte, creo que he dado con la solución: José Ramón Julio Martínez Márquez, alías Ramoncín, la única persona conocida a la que todo el mundo odia. ¿Cómo lo ha conseguido? No lo sé, pero está claro que tiene mérito. Ser odiado por todos es mucho más difícil de lo que parece, ya que normalmente el odio hacia unos lleva implícito el aprecio hacia otros: odias al Madrid pero te gusta el Barça, odias al PSOE pero aceptas al PP. El odio te posiciona y tu posición te hace pertenecer a grupos de odiados: Culés, Peperos… y de “odiadores”: anti-Madridistas, antiprogresistas… Y aquí es donde interviene Ramoncín, porque esta es su gran virtud, ante él, todos somos “odiadores”. Nadie lo traga y eso nos permite tomar el odio que le tenemos como una especie de valor “absoluto” y establecer a su vez baremos dentro del propio odio.
Antes de Ramoncín y puesto que el odio es relativo, no podíamos evidenciar nuestro odio a fulano en relación a mengano porque mengano representaría para nuestros interlocutores un valor relativo. Me explico, yo podía decir: “Odio más al Papa que a Belén Esteban”, pero como cada uno de vosotros odia a Belén Esteban en una medida determinada, no os podíais hacer una idea de cuánto la odio. Era como si yo os dijese que una bolsa de naranjas que me he comprado pesa el doble que un cubo lleno de chatarra, no se podía calcular. Ahora puedo deciros que odio al Papa la mitad que a Ramoncín y todos sabéis con absoluta precisión hasta que punto llega mi odio, es como si os dijese el peso de mi bolsa de naranjas en kilos, conocemos la medida.
Por tanto, “El Ramoncín” debería establecerse desde ya como la medida técnica del odio, siendo “Un Ramoncín” el nivel máximo de odio y los DeciRamoncines, CentiRamoncines y MiliRamoncines, sus medidas escalares.
Además, si consiguiésemos fijar como estándar este sistema de medición del odio, luego podríamos saber cuánto odia una persona de cualquier otro país a alguien usando sencillas tablas de conversión del estilo de las que nos dicen cuántas pulgadas son un metro o cuántas libras un kilogramo. Por ejemplo, igual que 1 pulgada son 2,54 centímetros, 1 Ramoncín serían 4 Hitlers en Polonia o 3,2 Bin Ladens en los Estados Unidos. ¿He tenido o no he tenido una buena idea?
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